viernes, 25 de febrero de 2011

Una política pública nacional y popular en materia de seguridad humana


por Eduardo Luis Aguirre*

La edición del pasado 16 de diciembre del diario Página 12 daba cuenta de la creación del flamante Ministerio de Seguridad de la Nación y recogía impresiones de primera mano: “Un fuerte abrazo de la presidenta Cristina Fernández con Nilda Garré selló la asunción de la primera ministra de Seguridad del kirchnerismo”. Las cámaras y micrófonos acosaron a la mujer que estará al frente de uno de los temas más calientes de la agenda política. “Somos garantistas y eso significa también que el derecho a la seguridad es un derecho que se les debe garantizar a todos los ciudadanos”, repitió apenas terminó la ceremonia de asunción en la Casa Rosada. Confirmó que la fiscal Cristina Caamaño, la encargada de investigar el asesinato de Mariano Ferreyra, será su secretaria de Seguridad, es decir la responsable del control directo de la Policía Federal, la Gendarmería, la Prefectura y la Policía de Seguridad Aeroportuaria. “La represión no es el recurso para la solución de los conflictos que se presentan en las sociedades”, advirtió Garré a modo de sentencia.
El sitio web del ILSED (Instituto Latinoamericano para la Seguridad Democrática), reivindicaba su rol de organización asesora del Gobierno Nacional en materia de políticas públicas de seguridad, y una euforia razonable, esperanzada, ganaba a organizaciones sociales y de DDHH, académicos y militantes, frente a lo que significaba una definición macropolítica sin precedentes en la Argentina.
El desafío actual del Gobierno Nacional y Popular es articular una estrategia holística y unitaria en materia político criminal, reivindicando el rol de los expertos y demarcando con precisión las incumbencias de los operadores del sistema, para aventar interesadas confusiones en las que a diario intenta hacernos caer el pensamiento conservador argentino, siempre proclive a echar mano al insumo regresivo de la “inseguridad” para afectar la gobernabilidad de las instituciones republicanas.
En primer lugar, es necesario dejar atrás todos y cada uno de los fallidos intentos por “negociar” cualquier tipo de autonomización de las policías. Los hechos recientes demuestran que el formato ideológico y las prácticas corporativas de una policía que no se acerca en modo alguno a un organismo de proximidades, sino que se comporta como una fuerza de ocupación, así parecen certificarlo.
El Poder Judicial, por otra parte, ha producido una importante renovación en los últimos años a partir de los pronunciamientos de una Corte Suprema de inédito prestigio. Pero sigue siendo el único poder no elegido por el pueblo. Por ende, la aporía de un neodecisionismo judicial o “gobierno de los jueces”, no aparece como un debate prioritario en el horizonte de las más urgentes preocupaciones gubernamentales, lo que resulta, obvio es remarcarlo, de toda lógica. Pero, en cualquier caso, es necesario recordar que la función de la agencia judicial no es proveer a la seguridad de los ciudadanos, sino, por el contrario, contener el poder punitivo del Estado para saldar definitivamente la tensión existente entre el estado de Policía y el Estado Constitucional de Derecho. O sea, un Estado garantista. No se puede, vale aclararlo otra vez, “no ser garantista”, porque ser garantista significa, fundamentalmente, acatar el paradigma de la Constitución y no serlo implica, lisa y llanamente, incumplir con el Programa de la Carta Magna argentina.
Lo que sí comparten la agencia judicial y el Poder Ejecutivo, es la obligación impostergable de acertar en el diagnóstico en materia de Seguridad Humana. Para ello, es necesario advertir no solamente las fuerzas en pugna, sus retóricas y contenidos, sino los resultados y calamitosas consecuencias de aplicar durante años concepciones binarias y militarizadas en materia securitaria.
La justificación de la represión, con provocaciones tales como la célebre conclusión que pretende reinstaurar la Ley del Talión (“el que mata debe morir”), de la justicia por mano propia, de la mano dura, el cuestionamiento a los DDHH como categoría política y su indiferenciación con los delitos de calle o de subsistencia, configuran el nuevo entramado de un paisaje social atravesado como nunca antes por la conflictividad en todas sus formas.
Para intentar entender por qué estas gramáticas y narrativas predecimonónicas, de inusitada violencia, se han instalado en el sistema de creencias de la sociedad argentina, podríamos recurrir al concepto de las “sociedades contrademocráticas”, que describe el politólogo Pierre Rosanvallón. Se trata de nuevas sociedades basadas en consensos efímeros, sostenidas por la enemistad y la desconfianza como articuladores de un nuevo orden que interpela a las instancias oficiales desde el clamor de la inseguridad, entendida únicamente como la posibilidad de ser víctima de un delito predatorio.
Las inéditas transformaciones en la cultura del control del delito y de la justicia penal, las fuerzas políticas, culturales y sociales que los han generado, y el deterioro del paradigma resocializador del correccionalismo en los últimos 20 o 30 años, han reforzado esta nueva forma de asumir la conflictividad.
Estos cambios no afectan solamente las instituciones de la justicia penal: alteran el lugar del delito en el paisaje social y modifican su significado cultural, como lo advierte David Garland.
Problematizar y comprender los discursos y prácticas de control social punitivo remiten no tanto a la delincuencia y el delito como a la violencia como forma de resolver las diferencias y los conflictos. La crisis del ideal resocializador postwelfarista, además, va acompañada de un corrimiento y devaluación del rol de los expertos. El nuevo “sentido común” somete a escrutinio la violencia y extrae sus conclusiones irracionales de la “opinión” pública, transformando al crimen en un insumo de capitalización política que permite ganar elecciones o gobernar desde el delito. El “delito”, o más propiamente, “la delincuencia”, adquiere una relevancia social inusitada como (nuevo) articulador de la vida cotidiana.
Esto amerita un acelerado análisis de los denominados tropos discursivos (“sólo se fijan en los DDHH de los delincuentes”, es, sin duda, uno de los más recurrentes) y de las narraciones y discursos antiwelfaristas e inocuizadores.
También de la reinvención de la cárcel. La idea conservadora de que “la cárcel funciona”, instalada en el centro del imaginario colectivo intenta legitimar la mayoría de estas proclamas. El encarcelamiento masivo de los últimos años y una generalizada cultura del control es una respuesta a los problemas sociales que caracterizan a la modernidad tardía.
Mientras tanto, algunas cifras permanecen invisibilizadas o, peor aún, se naturalizan: el total de muertes producidas en estos casi cinco años en contextos de encierro, en el país, es de (518) personas, según datos que publica el CEPOC.
Los desafíos del Gobierno, en consecuencia, no son sencillos. Hasta ahora, ha sorteado con éxito, durante siete años, la tentación de responder a la conflictividad mediante la violencia institucional. Cuando no pudo hacerlo, se puso de manifiesto la imposibilidad de convivir con fuerzas de seguridad ajenas al control de la sociedad civil. Con todo, comprender al conflicto como un patrimonio y no como un problema supone un avance fenomenal, que permite legitimar y reivindicar a la protesta social como el primer derecho.
De la misma manera, el problema de la seguridad humana no es tecnológico ni presupuestario, sino eminentemente cultural, y se resuelve profundizando los cambios ya producidos, con mayor inclusión social, aspirando a un derecho penal de mínima intervención y a la multiplicación de estrategias comunitarias no violentas de resolución de los conflictos.

*Docente e Investigador de la UNLPam

Imagen: Alfonso Pérez Soriano: "Represión"

miércoles, 23 de febrero de 2011

¡Gracias Néstor! ¡Fuerza Cristina!

por Oscar Gatica

Venimos a este Congreso Provincial del Partido Justicialista de La Pampa, a decir nuestra palabra, a levantar nuestra voz, para homenajear al Presidente de nuestro Partido: al compañero Néstor Kirchner.

Y venimos a homenajearlo como sabemos hacerlo los peronistas: desde el sentimiento y desde la convicción política.

Algunos —por una cuestión meramente cronológica— tuvimos la oportunidad histórica de haber llorado a nuestro líder y conductor, cuando falleciera el 1º de julio de 1974. En aquella fecha lloramos al General Perón, porque nos dolía profundamente su ausencia, y porque sabíamos que se nos iba para siempre el fundador de nuestro Movimiento. Otros compañeros vieron llorar a sus padres cuando se nos iba la inmortal compañera Evita.

Ahora, el miércoles 27 de octubre de 2010 fallecía Néstor Kirchner, y otra vez el dolor, el desconcierto, la bronca, y las lágrimas que brotaron de nuestros ojos, porque ahora se nos iba el compañero Néstor.

Néstor Kirchner nos reconcilió a todos los argentinos con las instituciones de la democracia, nos reconcilió con la política como vocación de servicio, como instrumento de transformación en beneficio del país y del pueblo enfrentando a los poderes internacionales y corporativos. Y a nosotros, al Peronismo, nos reconcilió con nuestras mejores tradiciones históricas de lo nacional y popular, que son la esencia de la identidad más profunda del Movimiento Peronista. Ese peronismo que nos enseñaron Perón y Evita, y tantos otros dirigentes y militantes consecuentes en la lucha por la Liberación Nacional y la Justicia Social.

Néstor Kirchner nos reconcilió a los peronistas con el pueblo trabajador y humilde a través de sus acciones de gobierno, y lo hizo al mejor estilo peronista: levantando las banderas de la dignidad y la justicia para todos los argentinos.

Citaré algunas pocas acciones de su gobierno, porque la lista es larga y podría resultar tediosa. Hoy lo estamos homenajeando aquí:

  • Porque: Modificó la integración de la Corte Suprema de Justicia de la Nación para prestigiarla y hacerla más independiente.

  • Porque: Fue esa Corte de Justicia la que declaró la inconstitucionalidad del Indulto a los Comandantes de las tres Juntas Militares, máximos responsables del terrorismo de Estado.

  • Porque: Impulsó la anulación de las Leyes de la Impunidad del terrorismo de Estado, conocidas como de “Punto Final” y “Obediencia Debida”.

  • Porque: Enterró el ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) en Mar del Plata, el proyecto imperial de Bush, y desde entonces comenzamos a transitar con mayor fuerza el camino de la Unidad Latinoamericana.

  • Porque: Tuvimos el honor, como argentinos y como peronistas, que fuera el compañero Néstor Kirchner el Primer Secretario General de la UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas), un viejo sueño de nuestros próceres.

  • Porque: Ahora podemos decir con orgullo: “General, cumplimos su mandato: el año 2010 nos encontró unidos a nuestros hermanos latinoamericanos, y no dominados por el imperialismo yanqui”.

  • Porque: Recuperó el dinero de las AFJP (Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones) para el Estado, y hoy los jubilados viven mejor, con dos aumentos anuales en sus haberes, y con prestaciones sociales del PAMI para que nuestros viejos vivan mas dignamente.

  • Porque: Aumentó el Presupuesto Educativo mejorando el salario de los docentes, las inversiones edilicias, las becas estudiantiles; se retornó a la educación técnica, se están distribuyendo notebook a los alumnos del nivel secundario, etc., elevando sustancialmente la calidad educativa.

  • Porque: Se recuperó el CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas), y se repatrió a centenares de científicos e investigadores que habían sido expulsados de la Argentina por las políticas del neoliberalismo.

  • Porque: Durante su gobierno se comenzó a reconstruir la industria y la producción nacional. Se aumentaron los puestos de trabajo, cayó la desocupación. El 80% de los argentinos que se habían ido por la crisis económica y social al extranjero han retornado a nuestra Patria;

  • Porque: “Después del año 2003 no se remató una sola hectárea en nuestro país”, como dijera un dirigente agropecuario durante su velatorio.

  • Porque: Ahora hay Fútbol Para Todos, y no sólo para los que pueden pagar televisión por cable.

¡Gracias Néstor! Porque gracias a vos hemos vuelto a discutir de política. Porque nos enseñaste que no es una utopía que la política puede y debe subordinar a la economía.
¡Gracias Néstor! Porque con tus acciones de gobierno y tu conducta militante hiciste que los jóvenes vuelvan a creer en la política, como una herramienta de transformación a favor de las mayorías populares.
¡Gracias Néstor! Porque a todos los compañeros militantes nos has devuelto el orgullo de sentirnos peronistas.
¡Gracias Néstor! Porque nos dejaste a Cristina.

Pero, compañeros, el reconocimiento no se termina allí. Si decimos ¡Gracias Néstor! No podemos dejar de decir: ¡Fuerza Cristina!

¡Fuerza Cristina! Porque la Asignación Universal por Hijo debe seguir adelante, como una iniciativa del Estado para una mayor inclusión social.
¡Fuerza Cristina! Porque la ley de Medios de Comunicación Audiovisual tiene que ser una realidad, para democratizar la palabra.
¡Fuerza Cristina! Porque tenemos que seguir ampliando derechos que todavía faltan. Porque como decía Evita: “Donde hay una necesidad, existe un derecho”.
¡Fuerza Cristina! Porque te queremos como Presidenta del Partido Justicialista, Conductora del Movimiento Peronista, y Candidata a Presidenta de todos los argentinos en el año 2011.
¡Fuerza Cristina! Para seguir adelante con este Proyecto Nacional, Popular y Latinoamericano.

¡Fuerza Presidenta Coraje!

sábado, 29 de enero de 2011

Violencia y cosificación


La discusión acerca de la violencia no deja de ser un tema recurrente en diferentes medios de información, y dentro de la grilla tiene un altísimo protagonismo amarillista en los que responden al monopolio Clarín, que ha sintetizado la problemática bajo el título de "inseguridad".

A esta intoxicación ideológica y mediática, que no está despojada de intereses que cobijan los grupos de poder, va acompañada —explícita o implícitamente— de un precario contenido político y social que, desde el sentido común, manipula el relato de que este cuadro de situación sólo es solucionable a través de la implementación de medidas represivas. Y la versión más reaccionaria de este sector se ampara en la modificación del arsenal jurídico, con el objetivo de implementar acciones más "duras" y, de esta forma, mantener "aislados y encerrados" a los pobres de la ciudad. En los '90, con otro paradigma dominante, el apaleo a la movilización social era moneda corriente, pues no se permitía ni el reclamo ni la protesta en las calles, además primaba una figura retórica mucho más cínica, la del "excluido".

Bajo el título de violencia o de inseguridad se escamotea una discusión profunda de la cuestión, porque en el fondo la práctica política lo que tiene o debería hacer es concretar el cambio de la estructura económica que, durante el mandato neoliberal, concentró en manos privadas sus decisiones que responden, directamente, a la demanda del mercado. Por eso es necesario desarticular esa práctica de la que también quedó prendado el Estado, supeditado al flujo de capitales financieros transnacionales, y que redujo al mínimo el estado de bienestar, lo que condicionó su funcionamiento y derivó en una ausencia de políticas sociales. Una sociedad que quiebra su contrato solidario entre las partes está a un paso del aislacionismo de los que cuentan con menores recursos, porque se los estigmatiza, se los rotula bajo estereotipos y la tipología policial. Por eso un innumerable conjunto de acciones manifiesta distintos grados y niveles de agresión y, por sobre todo, el prejuicio niega la posibilidad de concebir a otra persona como un semejante, muchos menos en pie de igualdad y con las mismas posibilidades de desarrollo.

La cultura del espectáculo (bajo la tópica de Guy Debord) tiene sus propios servidores que, desde el soporte televisivo o radial, pretenden dictar cátedra de quiénes serían los "delincuentes" y que el aparato represivo del Estado los tiene que vigilar y castigar. Ese prejuzgamiento refuerza la más elemental discriminación; encima algunos conductores solicitan que "al que mata hay que matarlo", lo que aumenta la diferenciación y coloca en un plano peligroso al conflicto de clases. La preponderancia del statu quo por su cercanía al poder, con sus vanidades y galas multiplicadas por la difusión en los medios, y ante la falta de una política de contención social desde el Estado que comprenda a los ciudadanos en estado de emergencia, engendra pulsiones de muerte, y se potencia frente a slogans como "pertenecer tiene sus privilegios". La ostentación y el consumo en la posmodernidad son determinantes a la hora del espacio que se ocupa en la pirámide social. Y ese ejemplo, repetido sin cesar, se impregna en la conciencia del público a tal grado que las relaciones humanas que construye la vida cotidiana se metamorfosean en relaciones "cosificadas". La pertenencia se convierte en un fetiche y, a su vez, indica o demarca que todos no pueden ser incluidos en esa prosapia, por lo tanto debe haber un disciplinador que abogue por el cuidado de sus derechos gananciales.

Evidentemente el neoliberalismo ha establecido una nueva forma de dominación, en la cual los valores que estaban vigentes entraron en crisis, originando, en tal sentido, una hegemonía sociocultural que, en gran medida, oscurece la imaginación y la creatividad; pues genera una dependencia de lo superfluo y lo trivial, un efecto distorsionante sobre la vida humana, implosionando aquella condición comunitaria intergeneracional.
En las últimas décadas en el seno de la sociedad las tensiones se fueron exacerbando, potenciadas por los voceros mediáticos que atentan con este modelo económico emergente en casi toda Latinoamérica, y tratan de provocar crisis similares a las que hubo en diciembre de 2001; porque aquellas recetas del FMI no sólo los beneficiaba enormemente, sino que esos grupos tomaban las decisiones fundamentales del país porque detentaban el poder. Hoy la batalla es crucial, es que en los dos gobiernos de los Kirchner han recuperado la política, y el proyecto trata de equiparar las inequidades del sistema, por lo tanto tiene que desarrollar un proceso socioeconómico que se antepone a los negocios de las corporaciones.

Si la economía estuviera determinada por la especulación financiera y sólo se sustentara en la producción primaria, el modelo legitimado del primer centenario, la expectativa serían totalmente negativas en esta etapa que transita la Argentina. Sin embargo, se padece todavía el desguace del Estado y la deconstrucción de la industria nacional, en detrimento de ese polo de poder político tan fuerte instrumentado por el primer peronismo; en consecuencia, hay que modificar esa matriz, generar trabajo genuino, incorporar valor agregado a la producción, y de esa forma se irá superando la aguda fragmentación que procrearon las políticas neoliberales, y no sólo en lo económico-social, con niveles de inequidad estrepitosos, sino que la cultura del consumo —característica de una sociedad capitalista basada en la sobreproducción de artículos, en su mayoría innecesarios— disoció y pulverizó las relaciones sociales.

Esta disociación entre el Hombre y el Mundo se ha objetivizado a tal punto que ocasiona un desencuentro y alejamiento entre los seres humanos, lo que afecta indefectiblemente a cada individuo, porque afecta su capacidad dialógica, sembrándole la desconfianza hacia la otredad, por consiguiente impacta en su comportamiento, porque lo empobrece y lo aplana simbólicamente.
En esta época se está frente a una instancia de cambios, de transformaciones sustanciales, aunque aún la manipulación que ejerce la cultura dominante, impuesta y divulgada por los multimedios, reproduce sujetos escindidos. En la sociedad capitalista el único valor "preciado" es el que articula el consumo compulsivo que impulsa y expande la economía de mercado.

La violencia convertida en expresión por una necesidad política, fecundada in vitro en los laboratorios de las consultoras y diseñadoras de imagen, como se ha visto en el Parque Indoamericano o Plaza Constitución. Más allá de su significado intrínseco, de su relación directa con los instintos, en una mirada más o menos naturalista; lo que hay que resaltar es la violencia como programa de acción política. En ese caso es la expresión amorfa e inconsciente de un sector de la ciudadanía que es interpelada por el poder que ejercen los que fueron subalternos, y echa mano a cualquier solución que modifique la correlación de fuerzas. Una sociedad ordenada a partir del consumo está condenada al fracaso, si no interviene el Estado es plausible que se desencadenen pulsiones que diriman la vieja pero no perimida lucha de clases. Siempre existen emergentes cuando opera la clausura y la opresión, por lo tanto la desesperación y la falta de libertad faculta a los sujetos hallar otros canales de experimentación que les brinde la posibilidad de proyectar una vida más imaginativa, creativa y desalienada, y a veces el único reparo y resguardo frente a la ignominia de las dictaduras es el recurso de la violencia individual o colectiva.

Cuando el poder lo ejerce la política, el Estado debe convertirse en el pivote que impulsa y canaliza la potencialidad y la energía ciudadana. Es una necedad pensar que se puede salir del círculo vicioso que impregna la violencia como programa de acción política con la implementación de leyes más rigurosas. Se debe anteponer a esa solución abusiva e intolerante la construcción de un proyecto emergente de transformación cultural que modifique de raíz la actual lógica del mercado, que con su política distributiva excluye y genera desigualdad, y atenta contra la conciliación de las partes en el usufructo del espacio territorial y los bienes simbólicos de un país. SDM

jueves, 27 de enero de 2011

Néstor Vive


La política es la herramienta con la que cuenta el Estado democrático para diseñar el modelo de desarrollo y el funcionamiento de sus instituciones, ordenar las fuerzas de defensa y la sociedad, y también organizar la producción como la distribución económica y cultural.

La militancia implica tomar partido por alguno de los sectores que conforman la representación ciudadana. Es en la arena política donde las clases sociales dirimen el predominio de unas sobre otras. La política media en esa pugna, pero según sea la ideología optará por tal o cual sector. El ejercicio del poder tiene una toma de posición, eso es claro, aunque también debería garantizar el crecimiento de los afines así como los que no lo son. Si no existe una solidaridad implícita en este juego de fuerzas se rompe el contrato social, y es lo que viene pasando en la Argentina desde su independencia.

Hubo intentos en dinamizar y potenciar las diferentes aristas que constituyen un país, pero los intereses de una clase sobre la otra predominaron, boicoteando tales objetivos. Y siempre estuvo de por medio el monopolio de la violencia. Los únicos que pueden o  pudieron financiar ese "trabajo" han sido las clases acomodadas con el pretexto de no ser perjudicadas en el gozo de sus privilegios heredados.

Muchos fueron los referentes que pretendieron fundar una Argentina para todos. Desde San Martín, Belgrano, Moreno, Dorrego, Güemes, Quiroga, Varela hasta los dirigentes contemporáneos, como Yrigoyen, Perón, Cámpora, Alfonsín o Kirchner. Muchos cayeron bajo la ignominia de la oligarquía y de los cipayos. Cada uno de esos quiebres institucionales benefició siempre a las familias de abolengo en la historia nacional que, para instaurar el orden, no vacilaron en hacer asesinar a sus oponentes. Las dictaduras han sido la mano de obra consecuente con su pulsión de muerte.

Después de la debacle de la Alianza en diciembre del 2001 el país estalló y sintió en carne propia el modelo de ajuste exigido por el FMI, acorde a las directivas del Consenso de Washington. El neoliberalismo, que había sido la brújula de los '90, mostró su rostro inmisericorde: el del individualismo, en que el hombre se convierte en el propio lobo del hombre. En consecuencia se sucedieron cinco presidentes previsionales y no hubo soluciones; hasta se insinuó con armar una junta de notables de organismos transnacionales para dirigir a la Nación.

La Alianza cerró su ciclo con 43 argentinos muertos. Duhalde no sólo negoció para los mismos de siempre con la pesificación asimétrica, sino que también su "mejor policía del mundo" se cargó la vida de dos militantes de organizaciones sociales: Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. Lo que ocasionó que dejara anticipadamente la presidencia.

El país estaba colapsado y a un paso de la desintegración cuando, con apenas el 22% de los votos, asumió a la máxima magistratura Néstor Kirchner. Un 25 de mayo de 2003 comenzó a asomarse lentamente el sol en el horizonte de la patria. Un hombre que venía del profundo sur salió a la plaza para que se arrojen a sus brazos los humillados y los vencidos. En ese presidente, que obviaba el protocolo, pusieron las esperanzas los humildes.

Su compromiso fue reconstruir el país, para lo cual no abandonaría por nada sus convicciones. Cuando se vislumbró su plan de gobierno el poder fáctico, liderado por Magnetto, empezó a demonizarlo. Aún así, las empresas se ca-pitalizaron como nunca en la historia.

La gran lección de Néstor Kirchner es la reivindicación de la política sobre los grupos de la economía concentrada. Y su conducción ha sido la fuerza transformadora que le dio impulso a esta nueva Argentina y, por antonomasia, la contagió a los pueblos latinoamericanos. Ese reconocimiento pudo comprobarse en su sepelio, cuando acudieron los presidentes de los países hermanos, tanto los progresistas como los conservadores. Todos vinieron a despedir a un político de raza.

Los ciudadanos de esta Nación, más allá de las ideologías que profesan, deberían reconocer que ese hombre portaba la antorcha de las grandes transformaciones. Por eso, Néstor vive.

Apuntes - Revista de debate político

viernes, 14 de enero de 2011

Poder corporativo vs Poder estatal


El "clarinete" ya no está nervioso, está odioso. La andanada de improperios contra Aníbal Fernández, insinuándole disminución de poder ante los cambios que propugnó la presidenta, como la de Juan Manuel Abal Medina, es otro manotazo de ahogado para esmerilar el proceso político que beneficia a las mayorías del pueblo argentino.

Ricardo Roa editorializa "de campeón a canillita", tratando de ofender al jefe de Gabinete, pero se equivoca en el encuadre porque analiza desde la perspectiva neoliberal el usfructo del poder, es decir, el objetivo primordial es el beneficio propio o de la empresa que sólo pretende ganancias y resguardar sus intereses sectoriales.

Un cuadro político también quiere ejercer el poder, y no es una perogrullada, pero la diferencia reside, por lo menos en lo que respecta al Proyecto Nacional y Popular, en que se trabaja para un colectivo y se tiene bien en claro que el lugar que se ocupa es el lugar en que se sirve y se aporta para la causa.

Max Weber decía que el hombre que hace política quiere tener poder; y es real, está en el plano de acción y concepción de la lucha política. En ese caso la dirección del Estado dependerá de la fuerza partidaria y orientación ideológica de quién "hace política" desde el poder; y más todavía en la coyuntura argentina, donde la política había sido superado por los acontecimientos hasta el grado de que los ciudadanos exigían "que se vayan todos".

Pero todo esto cambió a partir del 25 de mayo de 2003, porque Néstor Kirchner reivindicó a la política como herramienta de transformación, la volvió a ubicar en el centro de la historia, al recuperar el mando y la capacidad de toma de decisión sobre los grupos de la economía concentrada. Y para que esto fuera así tuvo que decidir si era un espectador que aceptaba las órdenes de los poderes en las sombras o agarraba el toro por las astas y demostraba que tenía voluntad de poder. Y la única oportunidad para doblegar a quienes señalaban el rumbo del país para que no se modificara el statu quo era tener convicciones y un programa de gobierno que acojiera a las mayorías y le devolviera la dignidad. Y así fue.

Por eso se demoniza a los dirigentes que no se amoldan a estas directivas empresariales; y en eso Néstor fue un líder carismático que ahora sobrevuela en la política latinoamericana como un espectro, fustigando con su lección a los opositores y conduciendo con su ejemplo y el compromiso asumido en defensa de la Patria.

La templanza y formación heredada por Cristina Fernández y los cuadros emergentes deben guiar, con cada uno de los militantes a la par, a la victoria. Por eso la tarea iniciada por Néstor hay que consolidarla, hay que sobreponer al poder de las corporaciones el poder del Estado. La política debe ser la conductora del destino argentino.